Ya remontados a su reconocimiento, nos adentramos en su argumento: narra la historia de una joven de la antigua Unión Soviética, Lilja (interpretado por una desgarradora Oksana Akinshina), que es abandonada por su madre, que reniega toda relación con ella para marcharse a Estados Unidos a cumplir el sueño americano. A partir de ahí, si ya de por sí su vida, ya de por sí desgraciada, se convierte en un auténtico infierno. Sin dinero, en la más absoluta de las miserias debido a la precaria situación económica de la época, marginada por sus compañeros, recurre a la prostitución para comer.
Rodada prácticamente a modo documental, Lukas Moodysson rueda esta obra maestra brutal, que consigue que no apartes la vista de cada plano, cada escena, por el mismo motivo por el que no la apartamos cuando contemplamos un accidente. Porque no es fácil de ver. Es sórdida, oscura, ultrarrealista y, como resultado, deprimente hasta el paroxismo. Las agradables FUCKING AMAL y JUNTOS no tienen nada que ver con este producto del cineasta sueco. Pero hay que verla. Por ella. Por Lilja.
Akinshina consigue que la adores. Que quieras protegerla, mecerla, arroparla, rescatarla. Sabes como espectador objetivo, tan bien como su fiel amigo Volodia, cuando va a cometer ese error que la termine por aniquilar, por abandonar ese pulso con la vida.
Amigos míos, muchos la describen como una crítica a la sociedad post soviética. Lo es. Otros, como una película de denuncia ante la esclavitud sexual. Ídem. Pero LILJA 4-EVER es la historia de una luchadora. A Lilja es violada, humillada, denigrada, engañada, explotada, golpeada, abandonada, despreciada. Pero siempre será Lilja. Lilja 4-ever.

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